La delgada línea del silencio y el amor

La delgada línea del silencio y el amor

Muchos poetas hacen referencia al silencio de la poesía, un silencio que cuesta dirimir si es metafórico o proveniente del decir. ¿Se trata de un silencio previo o posterior al de la palabra o, a final de cuentas un silencio profano y audible?

Y en el amor, ¿Cómo debemos interpretar los gritos del silencio atronador? ¿Qué es lo que nos lleva a las conjeturas inocuas y sin sentido?

El silencio y, entrando en un campo más filosófico, podría ser encausado como discernimiento, autonomía y cuidado de la palabra. El silencio puede encubrir las palabras que decidimos pronunciar o cargarlas de peso y valor. Pero, además, para quien quiera escuchar ese silencio, podría encontrarse con la decoración perfecta a las frases pronunciadas con un halo de magia.

El silencio, el amor y la poesía

“La impotencia de quien, por la imposibilidad de abrazar la belleza,
se limita a ver cómo se desgranan los dedos.
El amor catalogado como redentor
es el peor de los tiranos
escondiendo las garras dentro del corazón, afilando la lengua entre la herida.
Es él el encargado de escribir estas letras que sangran
y se quieren convertir en silencio para vengarse de ti,
a quien inventé con palabras”.

Catarsis.

¿Por qué nos creemos con la autoridad moral de querer romper con las cadenas del silencio? ¿Quién se ha atrevido siquiera a pensar, que su ceguera es la única forma de expresar los verdaderos sentimientos?

El silencio en la poesía podría tener muchas búsquedas e interpretaciones, son ¿Retóricos o locuaces? Esos silencios a los que no podremos abstraernos de los propios límites que nos ofrecen las poesías, que se mantienen ocultas más allá de donde ya no pueden llegar.

Ese silencio de los poemas nos enmarca un momento soberano de lo indecible.

Son aquellos silencios los que aman, los que gritan, los que dicen; aquellos que quieren salir en una representación antagónica de lo verbalizado. Los silencios que abrazan, que protegen y que perduran.

Una forma única de amar

Uno de los mayores atractivos que tiene el ser humano, se encuentra en su autenticidad; es aquella la que nos diferencia entre unos y otros, lo que nos convierte en individuos únicos.

Cada persona podría expresar todos sus sentimientos de formas diferentes. Ello es lo que nos lleva a que, con alaridos desgarradores o los sollozos más tristes, podamos transmitir nuestras emociones, alegrías, felicidades, enojos y penurias. Nada dice que es mejor o peor.

Si existiese la materialización del silencio, podríamos darnos cuenta que encontraremos un sinfín de posibilidades de ellos: Aquellos que son representables, los que se producen tras los puntos suspensivos, o bien los inmateriales, cuando se termina la lectura de algunos poemas leídos que se cierra con un silencio envolvente.

El abanico de “silencios” es insospechado, en donde podremos estar frente a silencios de diferentes volúmenes.

Desde el antiguo, es que se habla de la diferencia del silencio del alma y el silencio de la boca. Fue así como en los monasterios y claustros se atrevían a contemplar a los “oprimidos verbales” como si fueran extraños sujetos que se encontraban aislados del mundo de los vivos.

Mientras que la poesía es la otra encargada de manifestar con un precioso decoro en las sonatas más armoniosas del silencio: Cuidado y de un brillo único.

El silencio en el amor podría ser la catarsis de la desdicha, el enojo de lo que jamás se podrá enunciar, e incluso la mordaza del amor que ha llegado, nos ha herido y se ha ido sin dejarnos defender.

Cuando los silencios marcan los tiempos de un doloroso final

“Nos diremos adiós y será invierno, se tatuará el dolor en los cristales, lloverán las desgracias a raudales, dejaremos la miel en el averno.
Se acabarán los cuentos de lo eterno, olvidaremos lo que es sentirse duales, volveremos a excusas tan cordiales
y borraré tu nombre en mi cuaderno.
Se quedará mi porte de ojeroso con el viento golpeando la solapa
y mis sueños al fondo de este pozo.
Romperé mi papel, mi pan, mi mapa, y solo quedará de mí el penoso soneto de la vida que se escapa”.

Soneto de la vida que se escapa

El amor que se va diluyendo y escurriéndose como sangre entre unos dedos que han sido mutilados por las navajas de la pasión, es un silencio que no se escucha, que huye, que se nos escapa.

Aquellos silencios solamente guardan una profunda melancolía, pero detrás existe un tedio poderoso. El silencio del no acontecimiento, de aquello que empapa e intenta regarlo pero que termina ahogándolo.

Esos silencios del amor que nada construye y nada rompe porque la palabra ya ha emitido su conjuro. Ellos, simplemente parecerían encontrarse allí, expectantes de un poco de luz de aire; porque no existe la vida sin palabras; como tampoco lo existe sin silencios.

Estos son los silencios que marcan el soneto de otra romance, otra vida que se nos escapa.

La poesía podría ofrecernos los más encantadores silencios para enmascarar la nobleza de un amor fallido, del fatídico momento de lo impertinente.

Es que los silencios también son múltiples en la poesía, si, así como en el amor. Los silencios se encuentran rodeados de palabras o quizás las palabras se encuentren abrazadas por el silencio. Es por ello que nos enfrentamos ante la necesidad de encandecer a cada una de los versos que emitiremos, que permite a ese marco de silencio que los envuelva, ya que sin ese fondo serían palabras sueltas que viajan sin sentido sobre el éter de lo inconexo.

Incluso, no hacer un correcto uso de las cadenas de la oralidad, herirían casi de muerte a esos silencios que dejarán expuestos junto a los nexos que los vinculan con las palabras.

La poesía y la delgada capa del silencio y el amor

“Todo comenzó
en un destello de ternura
iluminando el horizonte.
No teníamos más embarcación que las ganas y el océano era una boca
repleta de misterios.
El deseo…
Ese bendito faro
abogado de naufragios,
compositor en la garganta de las sirenas, nos llevó de una cama a otra,
de una ventana a otra,
de una utopía a otra.
Fuimos valientes,
temerarios.
Tratamos de ser el hogar que no se apaga,
el mismo del que nos habló la sibila en Págasas.
Pero el amor
se burla de los puertos seguros y tú no sabías
de los tejidos de Penélope
y yo extrañaba mi armadura”.

Argonautas.

La poesía, es el resultado de un canto que se visibiliza mediante la oratoria, la palabra. Estas entonces son la significación de la sinergia de los sentimientos y los pensamientos.

La magia del poeta, está en llevar al lenguaje universal lo que solamente él puede traducir. No obstante, ese decir, es la representatividad de todos los mortales, esas palabras y sus silencios llevan un vuelo rapaz, hasta alcanzar la universalidad de la prosa.

La poesía, el amor y los silencios llegan a cobrar vida cuando consiguen perforar las profundidades de la sinceridad de quien está escuchando. Entonces, podemos aseverar que la poesía es uno de los modos de nuestra habla, de todas formas, no se debe soslayar que, a nuestra habla, se la encuentra precedida por la actitud más respetable y admirable de todo ser humano: Nuestros silencios.

El amor podría esmerilarse en silencio, las poesías son más bellas cuando los silencios son bien conjugados con el habla. Existe una delgada capa que separa al silencio del amor; el silencio no es la representatividad de la inexistencia de los sentires y mucho menos de los pensares.

El silencio es una muestra de amor, de admiración de contemplación; es ese mismo silencio que podemos pronunciar cuando admiramos una obra en el museo de Louvre.

El silencio también es el dolor de un cajón de roble que se cierra llevándose la nostalgia de un amor fallido, de otro duelo que se avecina o de las lágrimas que surcarán las mejillas.

El silencio de las palabras puede decir mucho mas que las palabras vacías que retumban tumultuosas en una habitación fría de sentimientos y cargadas de dolor.

¿Podemos vivir sin silencios?

La búsqueda de los sentidos, siempre han sido uno de los acosadores de los silencios. Es por ello que el silencio no tiene una solo aceptación, cuenta con varias acepciones: Silencios que son ensordecedores, silencios elocuentes, los silencios que son comprensibles y claro, aquellos que suelen valer más que mil palabras.

Los silencios no son simples relámpagos que iluminan al vacío, es la manera de decir aquellas palabras que necesitan ser subrayadas, es el sufrimiento de la reflexión, es ese instante de amor que no podemos describir que tan solo pueden escucharse con los oídos que se encuentran preparados para oírlos.

El silencio es parte de la poesía, la poesía es parte de sentires abstractos que consiguen inferir en palabras las bellezas metafóricas del amor.

El amor y el silencio, suelen encontrarse separados por una delgada línea que muy pocos pueden ver.

Danny Antobelly Aponte. (13 de enero de 1990). Actor, músico, poeta, dramaturgo y cuentista Colombombiano.

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